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Historias de un tomate
Mar 4
Hoy tengo ganas de contaros algo de mi vida, aunque comprenderéis que siendo un superhéroe no pueda dar más detalles de los que doy (a pesar de la insistencia de más de una…). Por eso os voy a adelantar algo de La Tomatosa historia de un gran Superhéroe, la historia jamás contada del Capitán Tomate. Algún día hasta lo publico y todo…

Mi vida empieza como la de todo el mundo, o por lo menos eso creo. Papá plantó una semillita en mamá fruto del amor y tras un período de tiempo aparecí yo. De lo que nadie te dice nada es de que hay que echar abono encima (con lo mal que huele) y de que cuando sales tienes que compartir maceta con todos los demás tomates que han salido…
Desde que nací sabía que era especial, nací con capa y antifaz. Además vi que tenía colgando de mi parte inferior un par de cosillas que no eran tampoco normales. No, no digáis que soy un vacilón. Al final sólo eran las piernas, pero para un tomate eso ya era la hostia.

Cuando sólo era un tomate cherry era muy observador y tenía mucha imaginación, por eso siempre era yo el que proponía los juegos. La pena es que no nos salieran como a los humanos (y mira que jugábamos a lo mismo que ellos porque parecía que se lo pasaban muy bien…). Imaginad:
- Veo veo.
- ¿Qué ves?
- Un tomatito.
- ¡¡¡El culo de tu primo Manolo!!!. Joer, que llevamos una semana mirando a la pared y no se ve otra cosa que ese pedazo de culo que Dios le ha dado a tu primo, que está justo en la rama de delante…

Y eso por no decir nada de cuando jugábamos al pollito inglés:
- 1,2,3 pollito inglés. Y todos quietos como estatuas.
- 1,2,3 pollito inglés. Y todos más quietos como los santos de una iglesia.
- 1,2,3 pollito inglés. Acojonante. Uno miraba alrededor y no se movía nadie.
Tres días después descubrimos que la gracia estaba en moverse cuando el que contaba no miraba, pero a ver quién era el guapo en hacerlo. Uno lo intentó y se hizo ketchup en el suelo. Después de eso nadie quiso volver a jugar…

Mis dueños se dieron cuenta de que no era como los demás el día en que me arrancaron de la planta, no lo olvidaré jamás. Fuimos unos cuantos los elegidos y cada uno tuvimos una reacción: yo estaba tan nervioso que ni hablaba con los demás (y eso ya es raro…).
Nos llevaron a un sitio lleno de azulejos, nos ducharon en una piscina metálica y al momento eligieron a uno que estaba junto a mí. Cogieron un cuchillo y empezaron a partirlo en trozos pequeños ante nuestra mirada asombrada (incluso uno de nosotros se desmayó y todo…). No sé lo que pasó en mi interior que se me escapó un “espero que lo aliñen con sal y aceite aunque no con pimienta, que le daba alergia” más alto de lo deseado. Fue entonces cuando noté que estaba solo y que los demás se habían alejado de mí sin hacer ruido. ¡¡Cobardes!! Cabrones…
Pero fue en ese momento cuando descubrí otro superpoder: soy capaz de cambiar de color según la situación. Al estar sólo y presa del nerviosismo, levanté la vista y me volví a mis compañeros (los que seguían vivos…) diciendo: “oye, ¿habéis visto las peras que tiene la dueña?“. El comentario hizo que estuviera un poco fuera de juego y que me dejara atrapar por ella sin piropearla, pero cuando me quitó la capa y el antifaz no pude evitar soltarle “joer, si que eres directa. Ahora te toca quitarte algo a tí, ¿no?“, lo que provocó un cambio en mi anatomía que hizo que me soltaran por ser demasiado verde para ella. Y mira que yo lo intenté diciendo cosas como “¿ahora no me dejarás así, no?“.

Y es que mi fogosidad me ha costado más de un disgusto tras eso. Si tuviera que resumir mi vida amorosa podría decir que “el roce hace el cariño” (y más dependiendo de donde sea el roce…), aunque me gusta más el de “el amor es ciego”, que siempre me recuerda a mi primera novia.
Se llamaba María y vivía en la tercera rama dando al exterior de una planta cercana. De ella me gustaba todo: su olor, cómo me hacía sentir, sus curvas y su forma, que parecía que te daba siempre la bienvenida. Era tenerla cerca, oler su perfume y sentirme flotar de alegría, con ganas de reír, aunque nunca comprenderé por qué terminó nuestra relación. Imagino que el problema llegó cuando quisimos profundizar más en ella (en la relación, joer, en la relación…) y la cosa se calentó tanto con los roces que me sentí envuelto en una neblina. No recuerdo mucho más, sólo que al despertar ella no estaba y que lo único que quedaba eran unos misteriosos restos de cenizas, así que no comprendo qué pudo pasar. En fin, del polvo venimos y tras los polvos nos moriremos, o algo así…

En definitiva, viví una infancia dura que me ha hecho convertirme en el superhéroe de provecho que soy hoy en día…
… y ahora vas y te lo crees.
Otro día os traeré una nueva entrega de este futuro best-seller (vamos, cuando me vuelva a inventar tanta tontería junta…).
Dedicado a Quatermain y a la Madre Superiora, con los que empecé la idea del post y me han servido de conejillos de indias…





Tomatazos