La semana pasada pudimos presenciar una escena que provocó las risas de los que estábamos viéndola mientras visitábamos el típico mercado medieval que ponen todos los años en Málaga y que nos demostró la bondad de tan tiernos personajes. Os la intentaré explicar lo mejor que pueda…

Iba un matrimonio joven con la familia y un niño pequeño por el mercado. El padre decide comprarle una espada de madera al niño, a lo que el niño, aprovechando que el resto de la familia se había parado a mirar otro puesto, decide agradecérselo a su padre con el honor de que el primer golpe vaya a parar a su pierna.

El padre se percata de las intenciones del mamón de su hijo y aparta la pierna, con lo que la espada golpea fuertemente en el suelo y por suerte se despega en vez de romperse, con el consiguiente llanto del niño y alivio del padre. Inmediatamente, la suegra (pues no podía ser otra…) aprovecha para soltarle el discurso a su hija ante la mirada atónita y el pasotismo de su yerno…

Si ya decía yo que no tenías que haber comprado la espada, que parecía de las malas. A la primera que el niño intenta jugar con ella, se ha soltado la mitad. Pero como no me hacéis caso…

Moraleja: Y es que suegra no hay más que una… aunque se podía quedar en su casa…